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Opinión. Cooperación vs meritocracia: en el ejemplo del SUTNA y de los jóvenes secundarios

¿Esfuerzo individual o esfuerzo colectivo? Una reflexión sobre la ideología del "mérito personal", en momentos donde la organización y la lucha de los trabajadores y los jovenes ponen en práctica el valor de la solidaridad. Transformemos sentidos comunes.

Viernes 30 de septiembre | Edición del día

La meritocracia es un sentido común instalado, inseminado a diario y en cada ámbito de la vida. Cualquiera que haya trabajado en una empresa privada, sea una fábrica, un call center, un supermercado… (inserte aquí su establecimiento), ha sido “capacitado” en este dogma.

¿De qué hablamos? De la idea de que con mucho esfuerzo individual, con mucho sacrificio en el trabajo y/o en el estudio, se puede alcanzar el bienestar y/o el éxito (también individual).

Pero no se trata solo de un discurso, con el que se aceita la máquina del orden social de los capitalistas. La meritocracia se impone en cada engranaje. Desde la escuela hasta la empresa, el desarrollo de las actividades de cada individuo se apuntala mediante un sistema de premios y castigos, y de competencias entre pares, en relación al desempeño o productividad alcanzada.

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Paradójicamente: la inmensa mayoría de las actividades productivas son colectivas, necesitan de la concurrencia de los esfuerzos individuales. La humanidad, desde sus orígenes como especie, encontró que la mayor productividad se alcanza con la mancomunidad y con la división de tareas que confluyen a un objetivo común. Todo lo que existe es producto del trabajo social, no solo del presente, si no acumulado de generaciones pasadas.

El éxito del capitalismo fue apropiarse de la inmensa productividad del trabajo colectivo, retribuyendo a cada esfuerzo de manera individual: a través de un salario. Una ínfima porción en relación a la ganancia que el capitalista saca del trabajo colectivo de los asalariados.

Dicho de otra manera: los que verdaderamente alcanzan el bienestar y el éxito, con el colectivo esfuerzo individual de miles de trabajadores, son algunos pocos individuos capitalistas.

Por ejemplo, los trabajadores del neumático

La ventaja para los empresarios se vió clara en el conflicto de los trabajadores del neumático. Los salarios representan solo el 2% del costo final de una goma, llegando a valer más 500 mil pesos las cuatro ruedas. Las ganancias son millonarias, con salarios muy bajos, precios muy altos y transacciones subsidiadas por el Gobierno. Al trabajador del neumático, su salario le cuesta 7 días de trabajo sin ver a sus hijos, un mes entero sin poder pasar el fin de semana con su familia, y exponer su salud a la contaminación química.

A su vez, un trabajador del neumático, está obligado a un verdadero sacrificio, a un gran esfuerzo individual, para alcanzar un salario que le permita sostener a su familia. Pues: teniendo en cuenta el precio promedio de la hora, si trabajara solo la jornada de 8 horas de lunes a viernes, alcanzaría apenas a superar la línea de indigencia; hecho que los condiciona a entregar su vida en “horas adicionales” -así lo explicó un trabajador de Fate.

Pero los trabajadores del neumático, además del sacrificio individual dentro de la planta; han reunido sus esfuerzos para desarrollar una fuerte organización colectiva dentro del gremio del SUTNA. Son un ejemplo de que el valor de la solidaridad y la lucha colectiva, es mucho más poderoso que el engañoso “valor” del mérito individual.

Aún más, recibieron el apoyo de otros miles de trabajadores y trabajadoras, de los jóvenes secundarios en toma y hasta de obreros de Brasil, que dijeron que se negarían a producir gomas para exportar a Argentina, en respuesta a la amenaza del ministro Massa de abrir las importaciones de neumáticos.

Así, éste viernes, los trabajadores le ganaron a la furiosa campaña antisindical que buscaba quebrarlos; donde se habían unido los dueños del país, los grandes medios de comunicación, el Gobierno y la oposición de derecha. La solidaridad de clase, incluso a nivel internacional, garpa.

El mérito puro y el mérito progre

La meritocracia y el esfuerzo individual (o la individualidad del esfuerzo), aparecen como un “valor” positivo en sentido común popular. Y es transversal: no está solo en la ideología de las derechas.

Una parte de la progresía combina el esfuerzo individual con la "igualdad de oportunidades" y ubica al Estado capitalista como garante de equipararlas, sobre todo a través de la educación. La educación permitiría mejorar las capacidades para sortear las competencias del mercado laboral y la actividad económica. Es decir: para mejor adaptarnos a lo que el sistema capitalista nos exige de manera individual.

Sin dudas hay un aspecto “positivo” si descascaramos este pensamiento y solo hacemos foco en lo que refiere al optimismo de la voluntad. Por ejemplo, que la paciencia y la perseverancia son esenciales para superar obstáculos y alcanzar los objetivos que uno se propone. Que las capacidades y la creatividad humanas son bien plásticas, y que la determinación es un insumo fundamental para desarrollarnos en cualquier actividad.

El problema es que la actividad humana no es libre.

No solo está condicionada por factores naturales o azarosos; sino que está sujeta, atada, restringida por una economía, unas leyes y unas formas de trabajo y de relaciones sociales, que le son impuestas a la mayoría, por una minoría que se sirve de la inmensa productividad de nuestro esfuerzo colectivo.

El esfuerzo individual, de cada trabajador, trabajadora, profesional o estudiante, se desarrolla de esta manera: encorsetado. A su vez, cada vida y cada actividad, está atravesada por la desigualdad de recursos -que por regla general son escasos entre la gran mayoría y abundantes para una minoría.

El mérito ya no garpa

Más aún, actualmente asistimos a una pauperización general de estos recursos: en los salarios, la salud, la educación, en el acceso al esparcimiento, en la comida, en la calidad de vida; entre otros motivos, porque los partidos del régimen ataron la economía al FMI. Entonces: los limitantes sociales para alcanzar el bienestar del individuo y su familia, se agravan.

Si tomáramos como válida la afirmación de Margareth Tacher -“La sociedad no existe, solo hay individuos y sus familias"- no podríamos comprender por qué, aunque nos esforzamos a diario, cada día estamos peor.

El discurso de la meritocracia disuelve el entramado social en el que estamos inmersos, despolitiza nuestras condiciones de vida y todo aquello que condiciona nuestras capacidades y el resultado de nuestros esfuerzos. Y nos coloca frente a un espejo, donde solo podemos observar nuestro desempeño individual, nuestra vida de manera fragmentaria y, frente a nuestros “éxitos” o “fracasos” individuales, nos susurra: esto es lo que merecés, este es el lugar que te corresponde.

Por ejemplo, los jóvenes secundarios

Ésta forma de pensar (la meritocrática) ha penetrado tan hondo en estas décadas de neoliberalismo, que parece ir desde la extrema derecha a la centro-izquierda.

Esta semana, un periodista de la progresía porteña increpó al directivo de un histórico colegio público tomado por sus estudiantes, y acusó que la calidad educativa es peor que hace cuarenta años (cuando él estudiaba), por la falta de esfuerzo individual de los docentes en asistir a clases. Cuando la calidad de vida empeoró en éstas décadas y la pobreza aumentó del 4% al 40%.

Acá el dogma de la meritocracia, en su versión progre, disocia otros elementos mucho más contundentes de la realidad educativa.

Los jóvenes en sus carteles dicen “con hambre no se puede estudiar”. Se caen los vidrios en el colegio, se clausuran las aulas por inundación. Y los jóvenes se oponen a hacer pasantías gratuitas en empresas que no tienen nada que ver con su rama de estudio.

Por otro lado, el directivo informó que las familias perdieron el trabajo en la pandemia y se empobrecieron. A su vez, explicó que los años de virtualidad aislaron a los jóvenes y perjudicaron el proceso pedagógico: porque aprender es una actividad colectiva, necesariamente grupal, a pesar de que se califique de manera individual; a pesar del orden de mérito.

Esta forma de pensar (siempre la misma), corre todas éstas variables de lado y pretende resolver el problema de la calidad educativa, con una mayor “productividad” del trabajo docente, cuestionando derechos laborales elementales, como las licencias. Y el periodista invierte la frase célebre de María Eugenia Vidal, planteando que muchos “caen en la escuela privada”, porque ahí se disciplina al docente con la amenaza permanente de despido.

Afortunadamente, estudiantes, docentes, no docentes y padres, están unidos en defensa de la educación pública. Más aún, sin la cooperación diaria de la comunidad educativa, la educación pública no sería posible -frente, por ejemplo, al recorte creciente del presupuesto esducativo.

El periodista no tiene nombre propio porque, a los fines de éste artículo, no es importante el individuo, si no el sentido común.

El esfuerzo colectivo

El individuo solo, es un mito. El individuo solo, aun siendo fundamental, no podría levantar ni siquiera una viga de cinco metros y menos una casa de cinco pisos -cantó Maiacovsky, el poeta bolchevique.

Forjar una organización, democrática y desde abajo, basada en los valores de la cooperación, la solidaridad y de la lucha colectiva, es una tarea donde el esfuerzo individual de cada trabajador, mujer y joven, gana potencia en las acciones y objetivos comunes. Ahí el mérito tiende a desvanecerse, porque la competencia productivista se disuelve en la solidaridad de clase, en la cooperación.

Estos son los valores primarios de un proyecto de sociedad socialista; valores que solo pueden desarrollarse y consolidarse sobre la base de expropiar a la gran propiedad privada capitalista.

Se trata de luchar por imponer un modelo de sociedad, en ruptura con el capitalismo, donde la Economía esté puesta al servicio de las grandes mayorías; basado en la cooperación productiva planificada y en la participación política directa de todo el pueblo trabajador. Expropiar la gran propiedad capitalistas es fundamental para liberar las capacidades humanas y la base para que estos valores se desarrollen y consoliden.

Las asambleas en lugares de trabajo, estudio y en barrios; las luchas por derechos laborales, por educación, salud y vivienda: son la punta del iceberg de una fuerza social que, si crece en organización y coordinación, y si apuntala y unifica sus objetivos políticos, es capaz no solo de conquistar tales o cuales reclamos, sino de transformar la sociedad de raíz.

Y esta es la pesadilla de los poderosos.

Hoy asistimos a un coordinación de fuerzas entre quienes sostienen éste régimen social -los grandes medios de comunicación, los grandes empresarios, los gobiernos y los políticos del régimen- para atacar y desprestigiar el despliegue de organización y de lucha colectiva que se está dando en nuestro país. A los movimientos sociales, a los jovenes, a los trabajadores de distintos gremios que luchan por salario, a quienes luchan por tierra y vivienda.

Frente a esto, ¡qué importate es que la solidaridad de clase se haga un sentido común! Porque más seguro que el mérito individual, es que "si ganan los que luchan, ganamos todos".


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