Meritocracia

L-Gante, la meritocracia y la intervención del Estado.

Es conocido el debate que se abrió hace semanas a partir de que la vicepresidenta Cristina Fernández hablara del cumbiero L-Gante en un acto donde se entregaban dispositivos para estudiantes secundarios. El tema de la meritocracia y la intervención estatal volvieron a estar muy en el centro del debate público.

Nicolás Mansilla

Estudiante Sociología UBA @NicxMvnsi

Viernes 23 de julio | 23:56

En esta nota queremos analizar las divergencias y convergencias entre los distintos discursos alrededor del debate abierto, tanto del oficialismo como de la derecha, dando cuenta de sus orígenes teóricos. La derecha y su devoción por el mérito individual, y un oficialismo que vanagloria una política de intervención, que lejos está de dar respuestas a los problemas estructurales ¿Cual es la visión de lxs marxistas al respecto?

¿Qué es la meritocracia?

En su estado más difundido en la actualidad, es esa operación ideológica que iguala las posibilidades del que nació con todo y el que nació sin nada, dónde lo que te determina sería cuánto te esforzás. Es la idea según la cual los privilegios o éxitos son consecuencia del mérito individual de las personas. Bajo esta premisa, los escandalosos datos sobre la desigualdad que muestran que el 1% de la población mundial más rica tiene más que el 50% más pobre, se podrían explicar gracias al duro esfuerzo de estos pocos millonarios.

Elon Musk, Steve Jobs, Jeff Bezos, son algunos de los nombres que desde los ideólogos del establishment suelen usar como ejemplos del famoso “el que quiere, puede”, donde los trabajadores y pobres no están “impedidos” de triunfar como lo hicieron estos personajes. Vale aclarar, siempre obviando la herencia millonaria que ellos recibieron, lo que haría que se desmorone el mito del empresario más poderoso del mundo que “empezó desde abajo”.

Como vemos, una idea para nada nueva. Max Weber -quien está muy lejos de ser considerado de izquierda- en Economía y Sociedad-, la critica de la siguiente forma: “...el que está mejor situado siente la urgente necesidad de considerar como “legítima” su posición privilegiada, de considerar su propia situación como resultado de un “mérito” y la ajena como producto de una ‘culpa’." [1]

El que quiere, ¿puede?

Está claro que esta no es una operación ingenua. Responde a un interés social donde los empresarios del capital más concentrado, junto a sus partidos y voceros, nos dicen que somos culpables de nuestra propia miseria. Esto lo hacen para no hablar de un sistema social que se basa estructuralmente en la explotación y la desigualdad. Es decir, un sistema en donde unos pocos tengan todo y las grandes mayorías nada. Como vimos en los últimos años, desde la oposición derechista se convirtieron en los principales defensores de esta idea sin ocultar sus intenciones.

Esta postura se basa originalmente en el liberalismo político, cuyo surgimiento lo podemos encontrar en la revolución francesa, con su lema “libertad, igualdad, fraternidad”, donde se sentarán las bases para la conformación de la sociedad burguesa. Cabe aclarar que la igualdad, sin embargo, sólo se comprendía como una igualdad formal, es decir de cada individuo ante la ley (aunque limitada, ya que no tenía en cuenta a las mujeres), que en comparación al sistema estamental del feudalismo y la monarquía, implicó un avance. Esta perspectiva se basaba en la premisa de que las personas son totalmente libres e iguales por naturaleza. Por lo tanto, la ley ya no debería diferenciar entre individuos según el lugar del que provengan, sino simplemente garantizar la libertad de trabajar y acumular sin estar impedidos legalmente de hacerlo, pero también de cuidar la propiedad privada, que no sería más que el fruto del esfuerzo.

Uno de los autores que sintetiza los fundamentos teóricos de algunas de estas premisas del liberalismo burgués es John Locke en el Segundo tratado sobre el gobierno Civil (1689)

“(...) hemos de considerar cuál es el estado en que los hombres se hallan por naturaleza. Y es éste un estado de perfecta libertad para que cada uno ordene sus acciones y disponga de posesiones y personas como juzgue oportuno, dentro de los límites de la ley de la naturaleza, sin pedir permiso ni depender de la voluntad de ningún otro hombre. Es también un estado de igualdad, en el que todo poder y jurisdicción son recíprocos, y donde nadie los disfruta en mayor medida que los demás (...)
al ser dueño de sí mismo y propietario de su persona y de las acciones y trabajos de ésta, tiene en sí mismo el gran fundamento de la propiedad (...) Y así como los diferentes grados de laboriosidad permitían que los hombres adquiriesen posesiones en proporciones diferentes, así también la invención del dinero les dio la oportunidad de seguir conservando dichas posesiones y de aumentarlas” [2]

En resumen, si bien esta igualdad ante la ley implicó un avance respecto a los sistemas previos, solo erradicó parcialmente la desigualdad en un nivel formal, pero manteniendo, e incluso defendiendo y justificando, legal y filosóficamente, las desigualdades materiales, sociales, que ya no estaban determinadas por el estamento del que cada individuo provenía.

Ésta ideología tan anticuada se vio fortalecida en los últimos 40 años con lo que se conoce como neoliberalismo. Se trata de un remake del viejo liberalismo que le puso nombre a la ofensiva reaccionaria de los capitalistas sobre la clase trabajadora a escala mundial, liderada por Ronald Reagan y Margaret Tatcher en los 80 cuando se acabó el llamado “boom de posguerra”. La burguesía, decidida a retroceder en las concesiones que había otorgado en sus años de “prosperidad”, de la mano de un virulento anticomunismo producto de la disyuntiva de la Guerra Fría, atacó directamente las conquistas de la clase obrera del siglo XX luego de la derrota del ascenso revolucionario abierto en 1968, proceso que se extendió hasta principios de la década de los 90.

Ideológicamente retomó los viejos preceptos individualistas, de desregulación del mercado, contra la asistencia social y los derechos laborales que habían sido producto del Estado de bienestar, mezclado con lo más conservador del pensamiento político de la época. Con la caída del muro de Berlín, esta ideología vivió su momento de auge, y autores marxistas como Perry Anderson la llamarían la “ideología más exitosa de la historia mundial” al convertirse en hegemónica en todo el mundo luego de la restauración capitalista en los Estados obreros, donde las experiencias más avanzadas de la clase obrera en la historia habían sido recientemente derrotadas

En nuestro país tuvo su expresión con las reformas flexibilizadoras, privatizaciones, ataque a la salud y educación y sometimiento al capital imperialista, que inició la última dictadura y fue profundizada por el menemismo.

Ideológicamente, fue el momento donde después de la dictadura se instaló, con sangre y el exterminio de una generación de luchadorxs, el “no te metas”, el individualismo y las aspiraciones de ascenso social, en contraposición a cualquier tipo de organización colectiva que cuestione el status quo.

Apoyados en esta derrota, la derecha contemporánea no niega las desigualdades en el “punto de partida”, que sería tratar de tapar el sol con las manos. Lo que sí hacen es encontrar en el mérito de cada individuo la responsabilidad de sus condiciones de vida, o por lo menos, de no hacer lo suficiente para cambiarlas, partiendo de esa posibilidad formal que hay en el capitalismo de que haya una movilidad social.
Como es obvio, esto funciona como una ilusión para que no se cuestione un sistema basado en la desigualdad, y por ende los negocios de los ricos, poniendo el foco en el individuo, su voluntad, su “proactividad”, ese término que tanto les gusta usar a las empresas. Se destacan en los medios hegemónicos historias de vida donde los individuos superan las adversidades como ejemplos a seguir o incluso como héroes.

Con el caso de L-Gante no hubo que esperar ni un día para que apareciera la derecha más rancia, como el caso de Eduardo Feinman (que aprovechó para decir barbaridades sobre una supuesta “cultura wachiturra”), o Viviana Canosa, que en su entrevista con el artista le repetía: “¡La compu no te la dio el gobierno, te la conseguiste vos con tu esfuerzo!”, solo minutos después de preguntarle a L-Gante si la había conseguido con un “choreo”.
Estxs vocerxs del interés de los más privilegiados ven en quien recibe una ayuda social a un “planero”, alguien que “no quiere laburar” y que “es mantenido por el Estado”. La meritocracia aparece en este discurso de la forma más abierta y burda: los pobres son pobres porque quieren, por lo que no hay que ayudarlos, sino que deben esforzarse para resolver sus condiciones de vida.

¿El Estado puede garantizar una igualdad de oportunidades?

Ahora, es un lugar común en el progresismo criticar la meritocracia de los voceros de la derecha y el neoliberalismo, pero volvamos al discurso de Cristina. Su reflexión partía de que si se entregaban dispositivos en Lomas de Zamora, tal vez un par de chicxs desarrollen empresas ligadas a las nuevas tecnologías, y ahí entraba L-Gante, como ejemplo de que a la larga, gracias a esas ayudas, algunos podrían triunfar.

Podemos decir que existe otra forma de justificar el orden social, que no responsabiliza centralmente a los individuos por las desigualdades sociales, sino que reconoce la existencia de un sistema social desigual, signado por un conflicto social, donde el Estado cumpliría el rol de rectificador de la economía aminorando el impacto de las crisis y la lucha de clases, oponiéndose al modelo librecambista liberal del siglo XIX.

Esta idea proviene de un momento donde el capitalismo tuvo la necesidad de recomponerse, después de un siglo XX signado por procesos revolucionarios como los que dieron origen a la revolución rusa, entre otros fenómenos como las dos guerras mundiales y el ascenso del fascismo. Este sistema social, para seguir subsistiendo frente al creciente cuestionamiento de obreros, campesinos y sectores populares, tuvo que tener “algo para ofrecer” frente a la influencia de los Estados obreros donde se habían conquistado innumerables avances.

Apoyados en la recomposición de la posguerra, que permitía una situación económica excepcional, se impulsó lo que se conoce como Estado de bienestar. Serían años signados por una política consciente de la burguesía de aminorar la intensidad de la lucha de clases, mediante una serie de concesiones a las demandas del movimiento obrero, para postergar así sus aspiraciones revolucionarias.

En Latinoamérica, esta perspectiva también tuvo su intento de remake con el fin del ciclo neoliberal, encarnada en los gobiernos pos neoliberales, o también llamados progresistas, en donde podemos ubicar al kirchnerismo. Estos se apoyan sobre la crisis generada por el menemismo, cuya máxima expresión se dio en las jornadas revolucionarias de diciembre del 2001, donde las masas se levantaron contra una situación que se volvió insoportable. Pero no lo hicieron para desarrollar esta movilización en una perspectiva revolucionaria, sino para recomponer la confianza en un régimen profundamente deslegitimado.

El kirchnerismo basó su gobierno en un enfrentamiento discursivo contra el neoliberalismo, defendiendo contra este la necesidad de volver a un Estado “presente”, como garante de derechos. Supuestamente, mediante este intervencionismo estatal se podría garantizar un bienestar social y cierta “igualdad de oportunidades”, sin que haya necesidad de cuestionar al sistema de conjunto.
Para esto se apoyaron en las posibilidades que brindaba un ciclo económico internacional favorable, con el boom de las commodities, para dar algunas concesiones materiales al movimiento obrero y a los sectores populares, que en muchos casos fueron arrancados al Estado con la lucha, y que obviamente defendemos frente a los ataques de la burguesía y los gobiernos, ya sea la derecha, o el propio oficialismo que viene de sacar el mísero IFE, como uno de los ejemplos más claros.

Este discurso, según el cual podrían atenderse y resolverse las carencias de las mayorías trabajadoras y populares mediante la asistencia estatal, no pasa de ser demagogia cuando vemos que quienes lo repiten, no han tocado nada de los pilares fundamentales de la herencia menemista. El mito de un Estado que “iguala las oportunidades” cae por su propio peso al observar que, incluso en momentos favorables de la economía como los primeros años de la década del 2000, los avances más categóricos del neoliberalismo sobre la clase obrera y la juventud siguen en pie.

Uno de los más relevantes: el problema de la deuda externa como mecanismo de sometimiento por parte del imperialismo, el cual no ha hecho más que legitimarse con los pagos millonarios efectuados durante la década kirchnerista, luego acrecentada por Macri con el mayor préstamo de la historia del FMI y pagada por el actual gobierno sin chistar. Hoy la deuda externa es 7 veces más de lo que era en 1983, condición que se vuelve más problemática si vemos que se mantiene el esquema donde unos pocos bancos privados controlan el comercio exterior, por donde pasó el 80% de las fugas de capitales en el 2001.

Otro de los cimientos neoliberales que afecta en particular medida a la juventud es la precarización laboral producto de las reformas antiobreras del menemismo, que durante el siglo XXI no bajó de representar al 30% de la clase trabajadora ocupada, atacando su derecho a sindicalizarse y 100 años de conquistas conseguidas con la lucha. El salario mínimo de un trabajador en 2018, apenas llegó a ser la mitad de lo que era en 1974, brecha que se vio acrecentada con la caída en el poder de compra del salario los últimos dos años. También la enorme proporción de trabajadorxs estructuralmente desocupadxs, obligadxs a vivir precarizadxs a través de la mal llamada “economía popular” o de la asistencia estatal sin la posibilidad de conseguir un trabajo con derechos.

Estamos atravesando la decadencia de este relato que hoy poco tiene para ofrecer. Cristina y el oficialismo han intentado aprovechar la situación de L-Gante para crear una épica donde aquellas desigualdades sociales son resueltas por la intervención del Estado, reivindicando como ejemplo el plan Conectar Igualdad. Un gobierno que se vende como “amigo del pueblo” pero viene aplicando un gigantesco ajuste que genera descontento incluso en quienes lo votaron. Como reflejo de supervivencia, necesita evocar una política de 2010, como si durante los gobiernos de Nestor y Cristina se hubiese terminado con la desocupación, la pobreza, y la precarización, que sigue aumentando hasta nuestros días. Recordemos que el mismo L-Gante de hecho no recibió la computadora porque tuvo que dejar el colegio para trabajar, realidad de millones de pibxs que no se revirtió durante el ciclo kirchnerista. Obviamente, esto no apareció en el discurso de la vicepresidenta.

Si tuvieran que hablar de la actualidad, estarían obligados a mencionar las consecuencias de administrar el poder manteniendo el sometimiento a los grandes grupos económicos y el FMI, evidenciando aún más su carácter ajustador. Los índices de pobreza de un 61% en niñxs, la precarización en la juventud de entre 15 y 24 años que llega a un 63% y a un 30,5% de desocupación, a las 9 millones de familias que dejaron de percibir el IFE, los millones que forman parte de la pobreza estructural en Argentina y de las veces en la cual el Estado estuvo presente para reprimir.

Este discurso tiene patas cortas cuando vemos que se entregaron 5 millones de computadoras pero no se terminó con ninguno de estos índices de miseria, que se profundizaron con el macrismo, y se siguen profundizando con el Frente de Todos en el poder.

Si bien no es el mismo discurso que analizamos más arriba, no hay que buscar mucho para darse cuenta de un punto de contacto: que lo que separaría a L-Gante de los otros 5 millones de pibes que recibieron la compu, pero que no son famosos, fue su mérito, que le permitió aprovechar esa ayuda, destacarse y triunfar.
Más allá de los usos políticos y de las diferentes formas que adopte, la meritocracia es una constante que alcanza ambos lados de la grieta.

Más allá de la meritocracia

Aun reconociendo las diferencias entre estas dos formas de legitimar el orden social, queda a las claras que lo que tienen en común es que no pueden ni quieren pensar más allá de un sistema basado en la explotación.

Esto es así porque la meritocracia es producto de un sistema donde necesariamente unos tienen más que otros. Esta operación ideológica funciona como una “justificación moral de la desigualdad”, y es una consecuencia de un sistema basado en que una minoría cada vez más pequeña que posee los medios de producción (como por ejemplo las fabricas) se apropie de la riqueza, mientras a las enormes mayorías no les queda más que vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario.

Mantiene una idea elemental, que es que los recursos son escasos, y por ende, de lo que se trata es de pensar cómo hay que repartirlos. Y que para recibir una porción de esos recursos escasos, hay que ser merecedor de alguna forma de ellos.

Para desarrollar esto, vamos a referir a la Crítica al programa de Gotha. En este texto, Marx explica cómo funciona el derecho burgués, presente en las dos concepciones que presentamos anteriormente: “En el fondo es, por tanto, como todo derecho, el derecho de la desigualdad. El derecho sólo puede consistir, por naturaleza, en la aplicación de una medida igual; pero los individuos desiguales (...) sólo pueden medirse por la misma medida siempre y cuando se los coloque bajo un mismo punto de vista y se los mire solamente en un aspecto determinado (...) no se vea en ello ninguna otra cosa, es decir, se prescinda de lo demás”.

Por lo tanto, no se trata solamente de dar una batalla contra la ideología meritocrática, sino de superar el capitalismo, siendo que, con el desarrollo de las fuerzas productivas, la ciencia y la tecnología, podría no solo terminarse con la escasez, sino también comenzar una etapa de abundancia donde cada quien podría tomar de la sociedad lo que necesite.

Esto sería posible si esas fuerzas productivas, que hoy se apropian un puñado de parásitos, se socializarán para ponerlas en función de las necesidades de las mayorías. Por ende, Marx plantea que para modificar esto, solo puede ponerse en cuestión el sistema mismo, socializando la propiedad de los medios de producción, para que “corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebosarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!”

Solo así podremos dejar atrás lo que Marx llamó “el reino de la necesidad”, y entrar en el “reino de la libertad”, es decir, al comunismo, donde podamos dejar atrás el derecho burgués, y cada cual pueda tomar de la sociedad lo necesario para satisfacer todas sus necesidades, para poder desarrollar la ciencia, el arte, el deporte, la cultura libremente, sin las trabas que implica el capitalismo. Un sistema donde el desarrollo de las personas y las fuerzas productivas no vaya en contra del resto de la sociedad, sino, al contrario, en armonía con la misma, potenciando todas las capacidades humanas para permitir una explocion de la imaginación, la creatividad, y la individualidad como nunca antes.

Los límites de la herencia neoliberal

A modo de cierre, tenemos que destacar que desde el 2008, con la crisis capitalista que se abrió y aun no se ha logrado cerrar, las bases materiales que sustentan estos discursos, que más allá de sus diferencias mantienen en sus fundamentos la meritocracia, empiezan a ponerse en cuestión con los nuevos fenómenos de la lucha de clases. Fenómenos donde existe un fuerte protagonismo de la juventud, la cual cuestiona las bases del neoliberalismo.

Agravada por la pandemia, la crisis actual no parece mostrar una salida que no implique grandes choques entre las principales potencias que disputan la hegemonía mundial, poniendo en cuestión casi 40 años de consenso neoliberal.
Tampoco parece escapar a grandes choques entre las clases, cuando como siempre, el capital concentrado se ha mostrado con la intención de hacerle pagar la crisis a la clase trabajadora.

Un claro ejemplo fue el de Chile, donde fueron lxs pibxs lxs que dieron el primer paso para mostrar que ya no se aguantaba esa herencia criminal del neoliberalismo encarnada en la constitución de Pinochet, donde murieron todos los relatos individualistas que reinaban en el “paraíso chileno” según la derecha. La conclusión de millones fue una: la necesidad de la lucha y la movilización en las calles. Pero no es el único ejemplo. También pasó en las enormes huelgas de Francia, Ecuador, la defensa contra el golpe de Estado en Bolivia, en Estados Unidos en la lucha contra el racismo, y más recientemente en Colombia, así como otros ejemplos que podríamos nombrar.

Cada vez más lejos está aquel “fin de la historia” que en los 90 pregonaban los intelectuales derrotistas y voceros del establishment, y cada vez más cerca están los límites de 40 años de restauración burguesa [3]. Vivimos una nueva época que pondrá en cuestión la ideología burguesa que conocemos hasta ahora, y dará lugar a nuevas formas de pensar.

En nuestro país y en todo el mundo, más aún en la juventud, empieza a verse un enorme descontento por las condiciones de vida cada vez peores, a la que ninguna de las fuerzas tradicionales puede ofrecerle una salida que responda a sus aspiraciones, que están en abierta contradicción con la herencia neoliberal.

Momentos de cambios bruscos como los que vivimos, son el terreno para que lxs trabajadorxs y lxs jóvenes, peleemos por dar una respuesta diferente a la miseria de nuestras condiciones de vida. Una pelea por transformarlo todo. Construyendo un partido, una herramienta de combate que de una dura batalla en la lucha de clases desde todos los espacios que sea posible.

Desde el PTS apostamos a que lxs trabajadorxs, junto con esa juventud que quiere transformarlo todo, construyamos esta organización. Sin resignarse a la miseria de lo posible, a la precarización, a la desocupación, a no poder estudiar, a no tener una vivienda, a la destrucción ambiental. A esos nuevos sectores en lucha que comienzan a cuestionarlo todo de pies a cabeza, queremos fortalecerlos y darle expresión desde el Frente de Izquierda Unidad, conquistando un lugar de tercera fuerza nacional en estas elecciones. Que se sepa que hay una salida distinta a la que nos venden los mismos de siempre. Una salida de los de abajo.






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