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Red Internacional

Pandemia Y Precarización. Relato de una repartidora rebelde en la pandemia: “Somos esclavos del siglo XXI”

Habla Romina, joven cordobesa que aportó su testimonio de vida al libro de Nicolás de Caño, Rebelde o Precarizada, publicado en 2019. Aquí, el capítulo dos.

Jueves 30 de abril de 2020 | Edición del día
Foto - Enfoque Rojo

Relato en base al testimonio de Romina, joven repartidora de la ciudad de Córdoba, miembro de la agrupación Rappis y Furioses y militante de la Juventud del PTS. Su testimonio de vida fue publicado en el libro de Nicolás del Caño, Rebelde o Precarizada. La Izquierda Diario la entrevistó para aportar un nuevo capítulo de esta historia de furia organizada sobre ruedas.

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Los que más rondan son los policías y te arruinan el paisaje, que ya de por sí es totalmente gris. La zona centro de la ciudad es donde más trabajo. Ahí son solo edificios y más edificios. Ahora que están vacías las calles hay cierta paz por no estar escuchando constantemente los autos y sus bocinas, pero a la gente caminando sí la extrañás; ese movimiento de tumulto que le da vida a la ciudad de Córdoba.

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El año pasado salió una noticia que decía que el sector de bicicleterías era el que mejor anduvo a pesar de la crisis. No hay ninguna bicicleta que soporte el uso que les damos los repartidores. Todas las semanas tenés que llevarla a arreglar por algo. Se puso de moda hacernos descuentos, única manera de que podamos pagar los arreglos. Ahora las bicicleterías grandes están cerradas por la cuarentena, pero hay bicicleteros laburando que son muy de confianza, que generalmente se juntan con nosotros.

Cuando se anunció la cuarentena estábamos viendo el discurso del presidente en el patio Olmos. Estábamos tensos por saber si íbamos a poder seguir generando plata. Empezamos a decir la cantidad de deudas que teníamos que pagar además del alquiler, préstamos, tarjetas de crédito. Pensábamos en todas esas presiones económicas mirando el anuncio en el celular. Estábamos mal pero unidos: de última de esta salíamos juntos.

Se anunció la cuarentena. Yo dije bueno, ya está, de dónde saco guita. Muchos pensamos en laburar sin el uniforme, sin las cajas, sin que se dé cuenta la policía. Esa era la idea que se nos había ocurrido. Al otro día las aplicaciones nos anunciaron que íbamos a poder circular normalmente. Me volvió el alma al cuerpo.

Con mis compañeros notamos que desde que trabajamos en esto comemos mucho más pero no podemos engordar. Antes cortaba 40 minutos para hacer un almuerzo fuerte en la calle y seguía pedaleando, porque no podía parar a cada rato para comer. Aprovechaba las promociones que también nos hacen en un montón de casas de comida. Así conseguía unos zarpados sánguches de lomito por 150 pesos. Hoy muchos decidimos no comer nada afuera por una cuestión de cuidado y durante seis, ocho o diez horas pedaleando, nos bancamos el hambre. Otros que no pueden aguantarse, compran un sándwich o un café y lo comen en una esquina. Llevar comida en tuppers es la opción más incómoda porque ocupa espacio en la mochila. Hoy estamos transportando muchos objetos que la gente necesita, no solo comida.

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Con todo ese discurso de trabajadores independientes que usan las patronales para lavarse las manos, nos quedamos medio en la nada misma. Están todas las oficinas cerradas, de pedo te contestan por el whatsapp de la empresa. Y de pedo, hay que rezarle a todos los santos posibles para que te contesten. Estamos muy expuestos al contagio. No nos aumentan la tasa que cobramos por los pedidos, no nos dan herramientas de higiene y seguridad. Todo sale de nuestros bolsillos.

Nosotros teníamos la práctica, cuando terminábamos los turnos tipo 23.30, de juntarnos en el Olmos a tomar una Coca como para relajar, para cagarnos de risa de los clientes estrafalarios o para quejarnos de cómo falla la aplicación. Nos ayudaba a bajar para no volver a casa a dormir de mal humor. Con la cuarentena tratamos de hacerlo, pero siempre caía la policía y nos dividía, aunque manteníamos el distanciamiento social y tomábamos la coca con vasos individuales.

Somos esclavos del Siglo XXI. No sé de qué otra forma se podría definir a una persona obligada a trabajar por necesidad, engañada por empresas que venden un humo totalmente inexistente de que sos tu propio jefe, expuesta al contagio del coronavirus y a los abusos de la policía.

Romina en la presentación de Rebelde o Precarizada en Buenos Aires, octubre de 2019
Romina en la presentación de Rebelde o Precarizada en Buenos Aires, octubre de 2019

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Veníamos en aumento, todos los días había un ingreso de cierta cantidad de gente a trabajar en esto, pero ahora se nota que nos duplicamos por los despidos y las rebajas salariales en todas partes. A la gente no le queda otra que salir a pedalear. Te cruzan en la calle y te frenan para preguntarte che cómo puedo hacer para entrar. Pedaleando podés encontrar de un pibe recién salido del secundario de 17 o 18 años, a un viejo que tendría que estar jubilado y descansando en la casa de 60. El sector mayoritario son pibes entre 20 y 30 años.

Los compañeros que se murieron trabajando desde que empezó la cuarentena, tenían toda la vida por delante. El pibe de Rosario tenía 23 y el de Buenos Aires tenía 19. Esto se podría haber evitado tranquilamente y de última, de mínima las empresas tendrían que haber dicho algo, salir a decir lo siento y ni siquiera eso. Te da bronca que siga pasando, que hayan pasado dos accidentes en tan poco tiempo y que ni siquiera sean los primeros.

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El humor de los compañeros y compañeras varía. Hay un sector que se mantiene positivo, que dice estamos expuestos al contagio pero podemos salir, andar un rato y respirar aire. Otros están hartos, ya están cansados y dicen ya está, hasta cuándo vamos a seguir aguantando y se quejan contra las patronales, contra los gobiernos. Es el sector que principalmente se está organizando, que demostró que ya no puede más. La mayoría viene de trabajos de mierda desde antes que llegaran las aplicaciones. Hay otro sector mínimo más afín a las empresas que dice bueno, pero qué le vamos a decir que se hagan cargo, si somos trabajadores independientes.

La semana pasada votamos la creación de una comisión de higiene y seguridad y de un fondo común de herramientas de higiene para repartir a trabajadores que estén activos. Sacamos comunicados exigiendo a las patronales que se hagan cargo. Nos organizamos por asamblea. Consideramos que es el método más democrático donde todos pueden votar, hablar y plantear sus opiniones, donde nadie es más autoridad que nadie. Tratamos constantemente de visibilizar las condiciones laborales porque hay cierto desconocimiento. Las empresas se aseguran de que así sea, sacando notas por La Nación para decir que están haciendo todo bien.

También empezamos a unirnos con otros sectores. Nos unimos en su momento con la comisión de mujeres de Minetti en lucha por despidos y por sueldos adeudados. Ahora con los pibes de locales de comidas rápidas como McDonald’s, Burger. Más allá de que son diferentes laburos, los problemas los tenemos igual. Este sistema nos considera descartables. Lo ha considerado así siempre. Ahora nos dicen esenciales porque necesitan seguir facturando. Por eso nuestra lucha es porque nuestras vidas valen más que sus ganancias.

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Hay una parte de la juventud precarizada que se ve cada vez más referenciada en lo que fue la lucha del 1° de Mayo. Para mí lo demuestra en los lemas que levanta cada vez que se moviliza, se queja, se enfrenta a las patronales. Esa cuestión de unidad de trabajadores sin importar las fronteras que se demostró con el McDonald’s de Francia, dando su solidaridad a la lucha de los pibes de McDonal’s de Argentina, o el último paro de aplicaciones en seis países. Se demuestra que se necesita esa unión para ser cada vez más fuerte. Obviamente hay un sector que todavía no se ve así, que no se referencia, que no está mal porque es un avance que tiene que dar cada uno. Yo siempre les comento a mis compañeros cuando puedo, que esa unión es lo que nos hace fuertes.

Abandoné mi anterior trabajo en una estación de servicio porque tenía turnos rotativos todos los días y ya no lo resistía más. Cuando entré al laburo en aplicaciones pensé que iba a ser temporal. Acá estoy un año y cinco meses después. Me motiva el hecho de ver a mis compañeros y compañeras, pasando mil y un condiciones terribles e igual levantándose y haciendo doble y hasta cuádruple turno por su familia, por sus hijos. Ellos y ellas son mis referentes.

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