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Red Internacional

Entrevista: Magdalena Candioti.“Los africanos y afrodescendientes no recibieron la libertad, la conquistaron”

Tiempo estimado 19:04 min


Magdalena Candioti es Doctora y magíster en Historia, licenciada en Ciencia Política, se desempeña como investigadora del CONICET en el Instituto Ravignani y es profesora en la Universidad Nacional del Litoral. Sus investigaciones se han centrado en la esclavitud y los procesos de abolición en América Latina durante el siglo XIX, sobre los que ha publicado diversos artículos y trabajos. En esta entrevista sintetiza algunos temas de su reciente libro Una historia de la emancipación negra. Esclavitud y abolición en la Argentina (Editorial Siglo XXI).

Domingo 22 de mayo | Edición del día

Ilustración: detalle de Carnicero, acuarela autor desconocido, finales del siglo XVIII.

A poco de cumplirse un nuevo aniversario del 25 de Mayo conversamos con Magdalena Candioti sobre la presencia de africanos y afrodescendientes en las primeras décadas del proceso de ruptura e independencia colonial. Sus planteos ponen en cuestión los relatos fundadores de la historiografía nacional que minimizaron la esclavitud urbana y doméstica predominante en el país, asociada a la idea de una “esclavitud benigna” y de mancomunidad con los amos, y limitaron el reconocimiento de los esclavos a su participación en las luchas contra los enemigos de la patria.

En la entrevista que compartimos la historiadora rescata las contradicciones y el alcance del proceso de abolición de las desigualdades raciales, que se inicia con la prohibición del tráfico en 1812 y ley de vientre libre en 1813, que no impidieron la continuidad de formas de sujeción a sus antiguos amos y prácticas de segregación en el orden posrevolucionario aunque fueron utilizadas por africanos y afrodescendientes en sus estrategias de supervivencia y movilidad social.

Sus trabajos intentan recuperar todas las dimensiones de la presencia africana y afrodescendiente en la historia nacional, ejercicio indispensable para desentrañar los procesos de racialización de las relaciones de clase con ecos en el presente.

En el libro discutís una serie de supuestos que han permitido marginalizar o silenciar la presencia de la diáspora africana y la esclavitud rioplatense. Podríamos comenzar preguntándote a partir de cuándo se produce y los motivos del arribo de esclavos africanos a la Argentina.

Entre 1500 y 1863 aproximadamente se llevó adelante la captura, secuestro, esclavización y embarque hacia las Américas y Europa de más de doce millones y medio de africanas y africanos. Fueron traídos como trabajadores cautivos a fin de complementar, sino suplir, el trabajo indígena. Digo complementar porque, si bien la corona española prohibió formalmente la esclavitud indígena en 1542, ello no implicó que dejaran de ser sujetos a regímenes de trabajo forzado. Al Río de la Plata fueron traídos por los puertos de Buenos Aires, Montevideo y por Colonia del Sacramento alrededor de 196.000 cautivos africanos (y unos 5.000 más ingresaron a Montevideo entre 1813 y 1835). Este comercio se realizó bajo modalidades legales e ilegales y tuvo su auge tras la creación del virreinato del Río de la Plata (1776) y la liberación del comercio (1778) hasta 1812 cuando fue prohibido. Un promedio de 2.000 africanos fue ingresado en esos años.

Estas personas esclavizadas vivieron y trabajaron en las ciudades y en la campaña. Algunas de estas ocupaciones estuvieron marcadas por el género. Las mujeres trabajaron como lavanderas, cocineras, planchadoras, costureras, niñeras, amas de leche. Los varones trabajaron en talleres de zapateros, panaderos, plateros, carpinteros, herreros, sastres, barberos, eran albañiles, fabricantes de velas, de sombreros, de jabones, carniceros, acarreadores, calafateros, pulperos, entre otros. Tanto varones como mujeres solían ser alquilados como trabajadores temporales para otras personas, ejercer como vendedores ambulantes, empleados domésticos, trabajadores en las quintas urbanas o acompañantes de las amas a misas o en visitas. En el espacio rural predominaban los esclavizados varones con excepción de las estancias jesuíticas en las cuales, hasta la expulsión de la orden, se mantenía un relativo balance de género. En el resto de las estancias, el trabajo cautivo no se daba bajo una estructura de plantación (esto es, en unidades de producción con decenas o cientos de cautivos estrictamente vigilados y disciplinados, viviendo alimentándose, durmiendo y sobreviviendo juntos). Los esclavos rurales rioplatenses tenían una relativa movilidad y su valor estratégico consistía en ser la mano de obra estable en establecimientos que no requerían grandes contingentes de trabajadores permanentes.

¿Qué presencia afro y descendientes registraste entre 1810 y 1853/60, en el que señalas se cierra un período en el proceso de lucha por la abolición?

Es muy difícil establecer cifras para estos períodos porque contamos con fuentes proto-estadísticas (padrones, censos, visitas de obispos, registros parroquiales) que son fragmentarias y disímiles. Las categorías de registro eran desiguales y los criterios de los censistas al catalogar la población también lo eran. Se puede señalar localidad por localidad y en algunos casos se puede dar cuenta de la cantidad de africanos y afrodescendientes libres y esclavizados y en otras ocasiones no. En las ciudades se han registrado entre un 13 % y un 6 % de población total esclavizada. Si ampliamos el foco hacia africanos y afromestizos, los porcentajes se acrecientan notablemente danto cuenta de la fuerte gravitación de la diáspora africana ya que contamos con porcentajes de entre un 25 % a una 50 % de la población clasificada como parda o morena en las distintas ciudades y jurisdicciones.

Esta heterogeneidad en los años y modalidad de contabilización se extiende hasta 1853/60 por lo cual reconstruir la cantidad de esclavos al momento de la abolición es tanto o más complejo. Consideré censos locales o provinciales anteriores y el panorama reconstruido nos habla de una sustantiva reducción en la cantidad de personas esclavizadas, pero no su inexistencia. Ya no eran miles, sino cientos o decenas dependiendo la provincia. De todas formas, es plausible que existiera un importante subregistro. Por las libertades de decenas de ellos los amos tramitaron indemnizaciones.

En algunas experiencias como EE. UU. o Brasil la esclavitud y su preservación estuvo vinculada en gran medida al papel que jugaba en el modelo de plantaciones. En el caso rioplatense, ¿cuál fue su importancia económica y configuración social?

Ante todo, quisiera señalar lo siguiente. Creo es importante pensar a la esclavitud como un fenómeno económico, pero no sólo como tal. Es decir, fue un multimillonario negocio, tenía fines económicos y un objetivo central era asegurar la provisión de mano de obra. Por ello, hay toda una historiografía que indagó la importancia del trabajo cautivo en la economía rioplatense y respondió que era relativa, en el sentido de que no fue la forma predominante de trabajo, especialmente en el espacio rural donde la producción no requería grandes contingentes de mano de obra. Otros trabajos sobre los espacios urbanos mostraron la fuerte gravitación de cautivos en esos espacios en áreas de producción, servicios, tareas artesanales y venta.

En este sentido, y sobre el período que estudié, creo que es necesario señalar dos cuestiones. Por un lado, aunque ciertamente no había sectores centrales de la economía que dependieran de esta mano obra –como en las plantaciones de café, azúcar o tabaco–, aun así, en el proceso de abolición gradual afloró un universo de resistencias en torno a la finalización del trabajo cautivo. El trabajo esclavo siguió siendo valorado por los amos como una forma de proveerse de trabajadores más estables y garantizados que los que podía ofrecer el mercado. Ello fue especialmente cierto en áreas sensibles como el espacio doméstico (la crianza de niños o el cuidado de personas mayores) o en tareas y oficios que requerían aprendizajes y especialización, donde el recambio frecuente y la circulación libre de trabajadores no deseada.

Por otro lado, me parece clave enfatizar que la creación del régimen de patronato para los hijos e hijas de las esclavas luego de 1813 implicó crear un horizonte de disponibilidad de mano de obra gratuita que se extendió hasta la abolición total. Bajo esta forma velada, el impacto de la abolición se matizó al extender el trabajo cautivo de cada recién nacido liberto por dos décadas y a veces más.

Y una cosa más, cuando digo que la dimensión económica no es sino una de las facetas de la esclavitud quiero enfatizar que la esclavización excedía con creces el hecho de ser un trabajador no asalariado. Si nos ponemos en el punto de vista de quienes atravesaron estas experiencias –y hacerlo me parece clave– es posible percibir cómo su supervivencia, su organización familiar, las decisiones sobre cómo vivir, con quien vivir, cómo cuidarse, ocupar el tiempo o cuidar de esa familia se veían limitadas por el hecho de ser cautivo.

El proceso de ruptura que se inicia en 1810 abrió una serie de nuevos problemas e interrogantes respecto a la situación de la esclavitud rioplatense. ¿Cómo se relacionó con lo que llamas “la metáfora esclavista” en el discurso igualitarista de Mayo?

La revolución abrió problemas e interrogantes relativos a la esclavitud no sólo en el Río de la Plata. Desde fines del siglo XVIII las revoluciones que movilizaron retóricas de igualdad y libertad se enfrentaron con la necesidad de definir ¿libertad e igualdad para quienes? Las mujeres disputaron por la inclusión y por supuesto también lo hicieron las personas esclavizadas. Fue en Saint Domingue, en la colonia francesa independizada y bautizada como Haití en 1804, donde los esclavos lograron llegar más lejos y ampliar los significados de esa libertad.

En el Río de la Plata, con la ruptura con la metrópolis, los discursos de libertad e igualdad se multiplicaron y comenzó a trazarse una línea entre los incluidos y excluidos de esos principios. La esclavitud fue movilizada como una metáfora para denunciar el lazo colonial y, en ese marco, los indígenas fueron reivindicados como habitantes originarios y como hermanos. Los africanos y sus descendientes esclavizados, en cambio, no fueron inmediatamente pensados como “beneficiarios” de estos principios.

Sin embargo, las personas esclavizadas –y a veces algunos defensores de pobres y otros ciudadanos– sí bregaron por ampliar esos sentidos y por vincular la metáfora a la realidad efectiva de esclavitud que sufrían. De todas formas, fue difícil conquistar la emancipación sobre la base de estos principios en sí, en nombre de la sola idea de derechos naturales. Incluso luego de iniciadas las políticas de abolición gradual (entre 1812 y 1813), los discursos públicos sobre esclavitud continuaron pensando y combatiendo más la metafórica esclavitud política que la real esclavitud personal.

¿Cuáles fueron las motivaciones de las elites criollas para iniciar un camino de abolición gradual? ¿Cuánto influyó la política promovida por Inglaterra? ¿Cuánto las experiencias continentales?

Las motivaciones fueron múltiples. Por un lado, se estaba produciendo desde fines del siglo XVIII un cambio en la sensibilidad moral hacia el tráfico esclavista que se aceleró y se plasmó en hechos como la campaña abolicionista británica, las prohibiciones del tráfico transatlántico de personas en 1807 (Gran Bretaña) y 1808 (Estados Unidos), en la abolición francesa de la esclavitud (luego anulada), en la multiplicación de sociedades abolicionistas en todo el mundo, en el ejemplo material de Haití como estado independiente negro libre de esclavitud, en las políticas abolición gradual adoptadas en los estados del Norte de los Estados Unidos y en las consideradas –pero no aprobadas– en las Cortes de Cádiz. Todo este clima y este debate atlántico circuló por diversas vías, tanto gubernamentales y letradas, como populares e informales. En el mundo hispano, a su vez, existía y se reactualizó una tradición teórico-jurídica contraria a la esclavitud que cumplió un rol y que se movilizó para cimentar la idea de que la esclavitud era un hecho nuevo y ajeno al imperio español (todo ello mientras el masivo traslado forzado de personas a Cuba y Puerto Rico se multiplicaba).

Para las élites rioplatenses las motivaciones morales se anclaban en estas tradiciones y en estos debates. Fue un debate que tenían en mente -al menos de modo fragmentario- y a través del cual deseaban mostrarse al mundo como una nueva república “civilizada” y humanista, contraria a instituciones consideradas retrógradas como la esclavitud. Lo que me parece importante entonces señalar es que esa retórica convivió con una idea de que no era un derecho natural que se restituía a las personas esclavizadas sino que se sostuvo la idea de que eran libertades por las que en cierta forma debían pagar y por las cuáles debían “agradecer”. Africanos y afrodescendientes eran considerados menores, sino inferiores o bárbaros, y en todo caso unos “otros” a quienes se “otorgaba” la oportunidad de liberarse. De esta forma, las políticas de abolición gradual y la alterización de los esclavizados corrieron a la par.

A partir de las leyes de prohibición de tráfico de 1812 y de libertad de vientre de la Asamblea del Año XIII se reforzó la idea de que las condiciones de esclavitud desaparecen o del compromiso patriota con el fin de la esclavitud. En el libro señalas los alcances y límites de su implementación. ¿Cómo afectó en concreto, en términos reales, la situación de los sectores esclavizados? ¿Qué fue el “tiempo de los libertos”?

Bueno, llamo “tiempo de los libertos” a los cuarenta años que separaron la ley de vientre libre de la abolición total porque, como bien decís, la retórica oficial en esos años no se cansó de exaltar su compromiso con la emancipación, pero eso ocultaba el hecho de que, en verdad, los niños y niñas nacidos a lo largo de esos 40 años de madres esclavas no fueron libres sino libertos. Esa palabra se usaba en el derecho para referir a personas manumitidas, que habían sido esclavas en algún momento y que habían sido liberadas y por eso le debían gratitud y cierta obediencia a su antiguo amo. Esta tradición romana y luego hispana fue reactualizada por un reglamento que ordenó que esos niños y niñas quedaran bajo el control de los amos de sus madres y trabajaran de modo gratuito para ellos. Entonces, en el “tiempo de los libertos” –una expresión que usa una esclava de 80 años para defender la libertad de su nieta, alegando que nació luego de 1813– no fue un tiempo de libertades plenas sino de trabajo gratuito, de familias separadas (porque el patronato podía venderse y los niños ser separados de sus familias), un tiempo de controles gubernamentales, judiciales y policiales sobre la vida y el trabajo de las jóvenes generaciones de afroargentinos y afroargentinas.

En esos años, mientras las élites se felicitaban por su humanismo, miles de esclavizados eran comprados y vendidos cotidianamente. Para garantizar el cuidado y la alimentación de sus hijos, esclavos y esclavas debían negociar con los patronos-amos o enfrentarlos en la justicia. Para liberarse a lo largo de esos años debieron pagar con dinero o negociar su sumisión a cambio de una promesa de libertad futura. Por todo ello, podemos decir que africanos y afrodescendientes no recibieron la libertad, la conquistaron. No vieron su libertad reconocida como derecho, lograron comprarla como un bien. También la participación armada se inscribió en esa lógica.

Escribiste que la idea del soldado es una de las pocas figuras del “afroargentino permitido”. No fue la primera vez que indígenas y castas participaban en las milicias aunque durante la década independentista adquirió nuevas características. ¿Cómo fue el proceso de “emancipación por las armas”? ¿Cómo participó el nuevo Estado?

Sí, efectivamente hay una historia larga de reclutamientos especiales a indígenas, pardos y morenos desde la colonia. Fue una participación buscada porque muchas veces abría un camino de prestigio y movilidad social. Tras la revolución, se dieron distintos “rescates” de esclavos por los que se obligaba a los amos a vender a sus cautivos y a estos se los declaraba libres tras una cantidad de años de servicio armado. La convocatoria en nombre de la “patria” les hizo difícil a los amos resistirse, pero lo intentaron. Y por ello sostengo que el ataque más sistemático y masivo a la propiedad esclavista fue realizado por los gobiernos siempre necesitados de soldados.

La idea del “afroargentino permitido” retoma un concepto que usa Charles Hale para referirse en cierto sentido a los indígenas que el establishment está dispuesto a aceptar, y con ello quiero enfatizar que la de la figura del soldado negro que luchó y que –preferentemente– murió por la patria es una de las pocas presencias negras admitidas en la historia argentina. Por ello creo que, si bien es importante recordar la centralidad de los batallones negros en las guerras, hay ahí un riesgo y es el de reproducir en esa conmemoración, la idea de que africanos y afrodescendientes merecen un lugar porque pagaron por su libertad, porque la merecen. Eso es lo que en el fondo pensaban las élites de ese momento.

Creo que la memoria sobre la diáspora africana en Argentina, que está en plena discusión y (re)construcción pública, debería poder traspasar la lógica del merecimiento y del “aporte” (recordar la presencia negra por su martirologio o por lo que “aportaron” a la cultura) y elaborar una memoria que recupere todas las dimensiones de esa presencia, desde la desposesión y la violencia, a la sociabilidad y la producción de lazos, de las creaciones en múltiples niveles a la resistencia a la invisibilización, del repliegue en lo privado a la ruptura de lazos con esa herencia, y sobre todo resaltar las jerarquías del mestizaje). Sería bueno recordar y debatir sobre toda esta historia, y sobre todo restituir el lugar que merece la diáspora africana en nombre de su dignidad como personas, como nuestros más olvidados antepasados. La reciente creación de una Comisión para el Reconocimiento Histórico de la Comunidad Afroargentina es una buena oportunidad, así como la conexión con las múltiples asociaciones de afroargentinxs que trabajan desde hace décadas por este reconocimiento. Como decía el poeta Mario Quintana, “el pasado no conoce su lugar, está siempre presente”, aún o incluso más, cuando lo queremos negar y enterrar.





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